
Sólo hacen falta 20 minutos de metraje para descubrir que
Teniente Corrupto no es un filme para espectadores de gustos masivos. La década de los 90 había comenzado de forma realmente espectacular para el cine independiente norteamericano gracias a
Reservoir Dogs, de Quentin Tarantino, que logró encandilar a los espectadores del Festival de Sundance y hacer de la violencia explícita una herramienta narrativa más. Tras decidir apostar fuerte por el que se convertiría en el
enfant terrible del indie usamericano,
Harvey Keitel tiró la casa por la ventana y se metió de lleno con
Teniente Corrupto, una película que si bien no alcanza en ningún momento el nivel de maestría que la denominación de culto sugiere, si ofrece los suficientes alicientes como para enamorar a más de un cinéfilo empedernido.
El Teniente que da título a la obra -jamás conoceremos su nombre- no pasa por un buen momento. Su adicción al juego le está causando problemas económicos que sólo cree poder solucionar apostando más y más dinero, abusa de su autoridad cada vez que tiene ocasión, sus relaciones sexuales -más allá del matrimonio- implican a prostitutas y adolescentes de formas aberrantes y asbtractas y, para colmo, es un yonki de tomo y lomo. Con todo, el Teniente vislumbra una posibilidad para salvar el pellejo: una joven monja ha sido brutalmente violada y se ofrecen 50.000 dólares de recompensa.
Cuando el filme se estrenó en el
Festival de Cannes causó un impacto bastante considerable, especialmente para la crítica norteamericana, acostumbrada a temáticas más de sobremesa y a tener a los policías como ejemplos perfectos de civismo, no como pilares fundamentales de la corrupción urbana. Mientras que algunos críticos vieron en ella una macabra historia de violencia, sexo y drogas, otros fueron capaces de vislumbrar la redención católica que tanto gusta a las puritanas mentes estadounidenses.
Abel Ferrara, su director, imprimió al conjunto un malsano aire narrativo, acompañado por una fotografía y una banda sonora que conjugan a la perfección con la trama de la cinta.

Para los no iniciados, Ferrara siempre ha sido un "niño malo" dentro del indie norteamericano. En su filmografía encontramos obras cargadas de violencia explícita, como
Ángel de Venganza o
El rey de Nueva York, donde dejaba a las claras su predilección por los temás más complejos y evitados del cine realizado al norte del otro lado del charco. Aunque muchos consideran
Teniente Corrupto como su mejor película, lo cierto es que le pesa en demasía el cartel de "obra de culto", cartel que, por otra parte, nos encanta colgar a todos aquellos que decimos saber algo sobre cine. El caso es que Ferrara siempre ha sido un director lanzado, tanto en las formas como en el contenido, y ello hace de su obra una interesante demostración de valentía y atrevimiento.
Con todo, hablar de
Teniente Corrupto es hablar de la brutal interpretación de Harvey Keitel. Cuando un actor de su reconocido prestigio decide hacer un papel como el que nos ocupa, nos damos cuenta de la verdadera valía del intérprete en cuestión. Para muchos, el Teniente de Keitel es la actuación más intensa realizada jamás y, aunque pueda sonar a exagerado, no andan desencaminados. A lo largo del filme vemos un desnudo integral, secuencias de humillación personal, planos fijos donde el actor se mete de todo y somos téstigos de un cambio emocional en el personaje, que a cada paso que da se aproxima más al abismo. Lo mejor del asunto es que Keitel no cae en el histrionismo y produce unos sentimientos en el espectador que pocas veces experimentaremos en una sala de cine. Su interesante carrera está plagada de filmes independientes -es un gran defensor del indie- y algunas superproducciones chuscas -hay que comer-, pero atreverse a realizar este papel con casi 55 años es un reto que, posiblemente, ningún otro actor hubiera podido superar.
La unión de estos dos artistas, Keitel y Ferrara, hacen de Teniente Corrupto una película a destacar. Aunque no sea una obra maestra en el sentido clásico de la palabra, ofrece tantas sensaciones que resulta una experiencia única, compleja y, al final, satisfactoria. Descender a los infernos como el Teniente del título es algo que pocas veces sentiremos de la misma forma. La opresión de los últimos 20 minutos nos hacen viajar al subconsciente del personaje principal, haciéndonos pensar mientras creemos estar alucinando por culpa de un mal chute de heroina que el Teniente ha dejado sobre la mesa, olvidado, al recordar la ingente cantidad de pasta que debe a los tíos equivocados. Si eso lo acompañas con unas gotitas de crítica al conservador catolicismo usamericano y un último intento de hacer bien las cosas, descubrimos que la película de Ferrara es una de las imprescindibles para comprender el cine indie de los años 90.